Más perdido que un detective de Scotland Yard en Barcelona

El 28 de enero de 1907, trescientas corporaciones locales catalanas se reunieron en Barcelona para tratar sobre la inseguridad en la capital. Grupos anarquistas llevaban años poniendo bombas sin que el gobierno hubiera sido capaz de atajar la sangría.

Por otro lado, con unas condiciones sanitarias infectas en los barrios populares, tasas de mortandad superiores a las de Calcuta y unas enormes diferencias sociales, la ciudad era un polvorín.

La decisión más importante que se tomó en aquella asamblea fue la creación de una nueva policía que solo obedeciera las órdenes de las autoridades locales. Para dirigirla, se buscó a una persona que estuviera por encima de las luchas políticas españolas: el inglés Charles Arrow, Inspector Jefe del CID —Departamento de Investigación Criminal— de Scotland Yard, un policía experimentado y de prestigio. Su contrato, por tres años, fijaba un sueldo total de 2.700 libras esterlinas y un seguro de vida. Mucho dinero para la época.

Arrow llegó el 21 de julio. Además de su propia policía —Oficina de Investigación Criminal, OIC— y de los diferentes cuerpos de seguridad del Estado, la lucha contra los anarquistas había reunido en Barcelona a agentes secretos británicos, al mando del coronel Morera, y a los franceses del comisario Bonnecarrère, enviado por la Prefectura de París. Aquello era un todos contra todos: cada cual colocaba topos en la competencia y usaba soplones que eran, en realidad, agentes dobles o triples. Un lío.

El antiguo detective de Scotland Yard se encontró con un panorama desolador. De las prometidas fuerzas uniformadas y de investigación no había noticias y solo contaba con dos inspectores, cuatro sargentos y treinta agentes para una ciudad con más de medio millón de habitantes.

El gobernador civil, Ossorio, lo esperaba con las uñas afiladas y el inspector jefe de la policía, Antoni Tresols, se la tenía jurada. Tresols —que luego crearía una de las agencias de detectives privados más importantes de España— era un mal enemigo; analfabeto, criado en los barrios más duros de la ciudad, exconfidente de la policía y un tipo sin muchos escrúpulos cuando se trataba de defender su negociado.

Atizar a Arrow se convirtió en deporte nacional. Le zurraba por igual la prensa catalana y la madrileña, la seria y la de humor —arriba, un recorte de la revista Gedeón que imitaba a un famoso anuncio de agua mineral—. En cada pleno del ayuntamiento de Barcelona llovían las críticas a su contratación, como puede leerse en la crónica de febrero de 1909 —para ampliarla, basta con hacer clic sobre ella—.

Charles Arrow, que no hablaba castellano ni catalán, acabó aislado, comiendo paellas en los baños de la Barceloneta —abajo tienen la foto— y maldiciendo el día en que pidió la jubilación del Yard, tras veintiséis años de servicio.

A principios de 1909 se había enfrentado a los dos inspectores de la OIC —que se dedicaban a rajar contra él en la prensa— y su situación se hizo insostenible. La puntilla se la dio un decreto del gobierno por el que el director de la OIC debía ser de nacionalidad española. Arrow quedó relegado al papel de asesor sin mando en plaza. 

Meses después regresó a Londres, no sin antes haberse visto envuelto en la Semana Trágica.


En 1910 publicó varios artículos en el Evening News sobre su experiencia en Barcelona, con el título My Reminiscences. En 1926 dedicó a Barcelona un deformado capítulo de sus memorias, Rogues and Others. A ese libro corresponde la fotografía de uno de los sargentos de la OIC y del centinela de los Mozos de Escuadra.


Por aquella época, Arrow dirigía una próspera agencia de investigación privada de la que he encontrado un informe confidencial sobre un asunto de cuernos. Con él cierro la entrada.

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