El comisario, el detective y el robo del Tesoro del Delfín

El 3 de marzo de 1929, falleció el comisario Ramón Fernández-Luna, una de las figuras más brillantes y controvertidas de la policía española durante el primer cuarto del siglo XX.

Fue él quien desenmascaró a Eduardo Arcos, Fantômas, en 1916 y el que, como se explica en Nadie debería matar en otoño, ofreció los primeros encargos profesionales a Toni Ferrer cuando éste se estableció como detective privado.

Fernández-Luna, durante años comisario jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, resolvió algunos de los casos más famosos de su época, como el crimen de El Federal, el del Capitán Sánchez –llevado al cine– y el robo del Tesoro del Delfín. En el reverso de esa trayectoria triunfal está su tormentosa estancia en Barcelona, en 1922, como inspector general de vigilancia a las órdenes del general Arlegui, protagonista de oscuros episodios de violencia policial en su lucha contra los anarquistas.

Miembro de una familia de tradición liberal, Ramón Fernández-Luna se enfrentó a los responsables de seguridad del dictador Primo de Rivera, a cuenta de los ascensos y de los traslados más o menos forzosos. En 1923 pidió la jubilación por razones de salud y fue apartado del servicio. Fuera del cuerpo, creó el Instituto Fernández-Luna, una de las primeras grandes agencias de detectives de España.

El robo del Tesoro del Delfín, en el Museo del Prado, en 1918, le permitió utilizar técnicas novedosas que hoy son rutina para la policía científica. El tesoro estaba formado por joyas y objetos artísticos que pertenecieron a Luis XIV de Francia, el Rey Sol. Felipe V lo trajo a España y Fernando VII lo donó al museo. Era, en realidad, la mitad de una colección de valor incalculable cuya otra parte se encontraba en el Louvre, de Paris. Ocupaba una amplia vitrina en la sala principal del Prado.


El 20 de septiembre de 1918, el subdirector del museo notó cierto desorden en la vitrina del tesoro. Alarmado, llamó a un conservador que, en una primera evaluación, echó de menos unas hermosas copas de oro y pedrería, la base de un aguamanil de oro cincelado y varios camafeos de oro y esmeraldas. De inmediato lo denunciaron ante el juez y la Dirección de Seguridad envió a su mejor hombre, Fernández-Luna.

El comisario se centró en el personal de la pinacoteca: las piezas habían sido sustraídas durante varios días, para no llamar la atención, y, según comprobó con la ayuda de un cerrajero, la cerradura fue abierta con una llave copiada de la original. La madeja empezó a desenredarse el día 25, cuando un joyero le confió sus sospechas sobre dos anticuarios, en cuyos locales encontraron casi todas las piezas robadas. En el interrogatorio, señalaron a dos individuos que resultaron ser celadores del museo. Un técnico consiguió huellas dactilares en los cristales de la vitrina y las comparó con las de los acusados. Encajaban.

El día 27, la policía identificó al cerebro del robo, Rafael Coba, un ludópata adicto a la buena vida; se había presentado a las pruebas para guardia del museo y, a pesar de mentir en aspectos clave de su biografía, fue admitido. Dispuso de noches enteras para elegir las piezas más valiosas. Fue detenido en octubre en La Carolina por agentes de la Brigada Móvil (foto inferior). Juzgado meses después, su caso abrió un debate sobre la protección de las obras de arte. Del lumbreras que lo contrató, en cambio, no sabemos si pagó su falta de diligencia o si se sonrojó, siquiera.

7 comentarios sobre “El comisario, el detective y el robo del Tesoro del Delfín

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  1. Me suena haber visto en prensa muchas veces y desde tiempos lejanos el anuncio sobre la oficina de detectives \”Sánchez Luna\”.Por cierto, ¡vaya cara de bruto y de pocos amigos que tenía en esa foto antigua de señor con barba!Un saludo.

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  2. He hecho un estudio, gracias a la hemeroteca, del robo cometido por Rafael Coba en el museo del Prado en 1918. Es de descarga gratuita enhttp://www.bubok.com/libros/201290/Robo-en-el-Museo-del-PradoUn saludo

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  3. Se publicaba en el ABC como agencia de detectives Fernández-Luna, mi padre y mi tío Pedro que aún vive, me lo mostraron muchas veces, se enorgullecían de El

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