Fantômas, artista de cabaré

Fantômas fue uno de los grandes ladrones de guante blanco de la primera mitad del siglo XX. Hijo ilegítimo de un diplomático español y de una dama cubana, nació en Nueva York a principios de la década de 1880.

Durante la Belle Époque robó una verdadera fortuna en joyas en los mejores hoteles de las grandes capitales europeas y se convirtió en una pesadilla para las mejores policías del continente. «El Fantasma» lo apodó  media Europa. «El rey de los ladrones», lo bautizó la prensa española». 

Su carrera delictiva empezó a declinar en 1916, cuando lo detuvo el jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, Ramón Fernández-Luna. Con el paso de los años, este formidable investigador fundaría una de las agencias de detectives privados más sólida y longeva de nuestro país.

Viernes, 28 de abril de 1917

Cientos de personas abarrotaban la rotonda Cánovas, del hotel Palace de Madrid. A un lado del salón se elevaba un majestuoso sepulcro de aire clasicista, la supuesta tumba de un héroe griego.
 
A las cuatro en punto, la orquesta atacó la marcha fúnebre. Mientras la multitud contenía el aliento, atenuaron la luz de las arañas y apareció el cortejo.
 
Lo abría, envuelto en un elegante sudario de seda negra, Eddy Arcos, Fantômas, quizás el ladrón de guante blanco más famoso del primer cuarto del siglo XX. Iba a enterrarse en vida durante seis días, sin agua ni alimento alguno. Una dama se desvaneció cuando el célebre aventurero se detuvo ante el túmulo y posó las manos sobre el sarcófago.

—Su fracaso será inevitable —le advirtió un periodista—. ¡Seis días! ¡Cómo resistir!
—Resistiendo —respondió Eddy con una sonrisa atractiva, su mejor arma.
—¿Y si se vuelve usted loco?
—¡Ojalá! Pensaría grandes cosas. Pero no me volveré loco.
—¿Y si se muere usted? –insistió el plumilla.
—Sólo así quedaría derrotado.

Unas semanas antes
 
Tras su detención en septiembre de 1916, Arcos, apenas permaneció en prisión cuatro meses. En enero de 1917, el juez ordenó su puesta en libertad.
 
A pesar de todos los esfuerzos del comisario Ramón Fernández Luna, jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, sólo se le pudo demostrar tenencia de herramientas para robo. Un delito menor.
 
En el ínterin, Arcos se había convertido en una celebridad y su nombre había llenado durante semanas las páginas de sucesos y de sociedad de la prensa española. Una bendición para su ego pero una maldición para su trabajo como ladrón de guante blanco.
 
Ya en la calle, Fantômas viajó a Portugal, esperando que la cosa se calmara. Regresó a Madrid, en marzo de 1917, para reunirse con su amante, Leonor Fioravanti, y el hijo de ambos. La cosa pintaba mal, necesitaba dinero y no tenía forma de conseguirlo: en España la policía controlaba sus movimientos, Europa estaba en guerra y viajar a América era muy peligroso por culpa de los submarinos alemanes.

De perdidos al río, debió pensar. Arcos decidió explotar su fama. Lo anunció en El Liberal, el 1 de abril. «Tengo un proyecto…» —aseguró. «He hecho un experimento que me ha dado gran resultado y quiero hacer público. Intento enterrarme vivo, a presencia de la gente, en el vestíbulo de un teatro. Me introduzco en un ataúd que tenga medio metro cuadrado de cristal en la tapa, me echan tierra encima, salvando el medio metro de cristal, y permanezco seis días sin comer ni salir del ataúd. (…) A los seis días hacemos el desenterramiento con toda solemnidad. ¿Qué le parece a usted? ¿Será negocio?»

 
 
4 de mayo de 1917
 
La rotonda Cánovas del hotel Palace volvía a estar a rebosar. A las cuatro y media de la tarde, cuatro forzudos desenterraron el ataúd de Eduardo Arcos y lo trasladaron a hombros hasta el escenario, mientras la orquesta interpretaba la marcha triunfal de Aída.
 
Fantômas salió mareado, apoyándose en su ayudante. Hubo unos segundos de zozobra. Al fin, y recuperando su mejor sonrisa, el aventurero saludó a sus admiradores.
 
El entierro de Eddy fue muy lucrativo, tanto para él como para el hotel. Durante una semana, miles de personas desfilaron ante el sepulcro tras apoquinar sesenta céntimos. La afluencia de público fue tal, que el artista y la dirección del hotel decidieron prolongar el espectáculo un día más de los seis previstos. Madrid bien valía un funeral.

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